"Durante tres años, el país estuvo gobernado con cierta facilidad. Siempre presenta dificultades el ejercicio del poder pero, en última instancia, el mecanismo imaginado en 1966, funcionaba aparentemente en forma aceptable y no encontraba verdaderas resistencias (...) Los militares hablábamos de Revolución Argentina -como quien habla de la Revolución Americana o de la Revolución Francesa- y creíamos haber engendrado a un gobierno ordenado, prudente, honesto, que traía importantes progresos al país (...) Pero el 29 de mayo, comenzó a ser puesto a prueba todo el esquema vigente (...) Cuando llegó la hora, se desplomaron a un mismo tiempo muchos de los supuestos con que habíamos venido pensando y trabajando. Pudo verse, entonces, que nadie creía en la inocencia de las Fuerzas Armadas en cuanto a la acción de gobierno, y nadie suponía haber dado una suerte de voto implícito en favor de quien se desempeñaba como primer magistrado. La sociedad argentina es verdaderamente compleja. La total anulación de la vida política normal no podía, a lo largo de tres años, haber producido otra cosa que distorsiones, anomalías y síndromes patológicos en la vida de una comunidad donde predominan las clases medias (...) los jóvenes que no pudieron hacer política pretendían, infructuosamente, desarrollarla en las aulas y en los locales partidarios. Terminaron atorando de política a las distintas instituciones del país, incluyendo la Iglesia Católica. El gobierno presentaba el rostro de la inmutabilidad y la inflexibilidad. ¿Cómo asombrarse entonces que nadie buscara influir sobre él, corregirlo, cambiarlo? Apareció una oposición dura, agresiva y, a poco de andar, violenta. Al país se le enseñaba a burlarse de los políticos, considerándolos como inocuos por definición, criterio perniciosamente arraigado en muchos hombres de
las Fuerzas Armadas. (...) El 29 de mayo es el instante crítico que marca el fracaso político de la Revolución Argentina (...) Su legitimidad estaba en el orden, orden que expresaba, en la teoría oficial, un consenso pasivo, y aún para algunos entusiastas, un plebiscito cotidiano. El 29 de mayo quedó en claro que el tantas veces invocado consenso pasivo, si alguna vez existió, había desaparecido. La novedad podía entenderse o no. Pero lo grave es que se comprendía a plazos." |